Alergia a la leche de vaca, cómo identificarla y tratarla

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La alergia a la leche de vaca es en realidad una alergia producida por algunas proteínas de esta, por eso se conoce como APLV (alergia a la proteína de la leche de vaca). Es la alergia más frecuente en bebés menores de un año (entre un 2 y un 5%) y suele aparecer al introducir la leche de vaca en la alimentación de bebé a través de fórmulas adaptadas, pues es muy raro que un bebé alimentado exclusivamente con leche matera la padezca, a pesar de que las proteínas de la leche de vaca pueden excretarse a través de la leche materna.

Como suele ocurrir en las alergias, esta se debe a una reacciona errónea y exagerada del sistema inmune ante lo que interpreta como una amenaza, en este caso las proteínas betalactoglobulina y caseína. Para ‘combatirlas’, el organismo inicia la producción de anticuerpos, entre ellos la Inmunoglobulina E (IgE) y se segregan sustancias químicas como la histamina, que causan los síntomas. En otras ocasiones, esta alergia se produce por mecanismos diferentes, y se habla alergia no mediada por IgE, que es más difícil de diagnosticar.

Por lo general, este tipo de alergia suele ser genética y desaparecer antes de los cinco años, por lo es muy raro ver adultos con APLV.

Los síntomas pueden variar mucho dependiendo de la sensibilización del paciente y suelen aparecer durante la primera hora después de haber tomado la leche. Los más frecuentes son los cutáneos (prurito, eritema bucal, urticaria, edema de labios y párpados…), seguidos de los digestivos (picor en lengua, garganta y paladar, diarrea, sangrado en las heces, cólico abdominal, náuseas, vómitos, regurgitación…), respiratorios (rinoconjuntivitis, asma, pitidos al respirar) y en los casos más graves la anafilaxia. Estos síntomas aparecen en menos de 60 minutos de la toma o de entrar en contacto con la leche. Dependiendo de la sensibilidad del paciente, pueden producirse desde el primer sorbo o necesitar de una ingesta mayor para manifestarse.

En caso de que sea una alergia no mediada por IgE, los síntomas suelen ser únicamente digestivos y pueden aparecer varias horas o días después de tomar la leche, por lo que a menudo se confunden con los de la intolerancia a la lactosa.

Cuando se sospecha que puede haber una alergia a la proteína de la leche, se realizan pruebas cutáneas y análisis de sangre para detectar la inmunoglobulina E específica a leche y sus proteínas, y una exposición controlada al alérgeno. Estas pruebas sirven solo para la alergia mediada por IgE. Para las no mediadas, el diagnóstico es más complejo, pues las pruebas darían negativas, y se dilata más en el tiempo, lo que puede poner el peligro a los pacientes, pues pueden darse casos de desnutrición.

Ante una reacción alérgica aguda, el tratamiento será el correspondiente con antihistamínicos, broncodilatadores, adrenalina, etc. Una vez confirmado el diagnóstico, se prescribirá la suspensión del consumo de leche y derivados y sustituirlas por fórmulas especiales, como las extensamente hidrolizada sin lactosa (proteínas partidas y con menos potencial de alergia) o fórmulas a base de soja o arroz para mayores de 6 meses. Tampoco se deberán tomar leche ni derivados lácteos de cabra, oveja, etc. pues las proteínas de estas leches son muy parecidas a las de la vaca, y pueden causar síntomas.

Hay que vigilar muy bien los alimentos procesados, pues en algunos casos, incluso las trazas de leche pueden desencadenar reacciones alérgicas graves.

En caso de niños alimentados con leche materna, en algunos casos la madre también deberá suspender el consumo de estos productos, pues las proteínas de la leche de vaca se excretan a la materna en pequeñas cantidades.

Además, se debe realizar seguimiento periódico para determinar el nivel de inmunoglobulinas y medir la tolerancia progresiva las proteínas de la leche de vaca; y en los últimos años se están abordado los tratamiento inmunoterapia oral o desensibilización oral con leche, es decir, administrar pequeñas cantidades progresivamente mayores del alimento hasta alcanzar la dosis máxima que pueda tolerar.

La APLV en los niños tiende a desaparecer antes de los cinco años, y solo un 15% de los niños con este tipo de alergia la mantienen en la vida adulta. Suelen ser los casos más graves. Y los que más cuidado deben tener con la ‘leche oculta’ de algunos procesados, somo snacks o bollería. después de un periodo variable de tiempo con dieta de exclusión, por lo que el especialista debe valorar periódicamente si el niño ha superado la alergia a la leche.

En cuanto a la prevención, no hay medidas concretas que hayan demostrado su eficacia, pero hay estudios que sugieren que la lactancia materna exclusiva y prolongada -18 meses o más- podría prevenir la alergia a la leche.

Aunque hay gente que suele confunirlas, lo cierto es que la intolerancia a la lactosa y la APLV tienen poco que ver, como bien nos recuerda la Fundación Españolad el Aparato Digestivo. Estas son las principales diferencias:

•La intolerancia a la lactosa se produce a un azúcar, y la APLV, las proteínas.

•La alergia suele afectar a niños y la intolerancia a adultos.

•La intolerancia es un trastorno del aparato digestivo y la alergia del sistema inmune.

Los síntomas de la intolerancia son digestivos (gases, náuseas, hinchazón…) y los de la alergia mucho más amplios: cutáneos, respiratorios, digestivos…



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