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Aplaudid a esa viejecita

Aplaudid a esa viejecita

IRENE LOZANO. ESCRITORA

Hay una imagen viral que está sobrecogiendo al mundo entero. Se ha visto en todas las ciudades, a distintas horas. Yo me la topé ayer y pensé: es ella. Apostada al borde de la calle con su bolso rojo y su cabello blanco, a la hora en que todas las tardes el atasco de Madrid nos coge por sorpresa, se aferra a su andador. Lleva seis piernas por si un golpe de viento intenta derribarla. No quita ojo al semáforo. A su alrededor, caras de incredulidad. No se irá a atrever…

Cuando el semáforo cambia a verde, se atreve. Debe de estar loca. Empieza a cruzar la calle muy despacio, centímetro a centímetro. Cada paso es un logro; cada metro, una conquista. No hay campamento base ni sherpas. Sólo ella. Un ciclista contiene la respiración. ¿Cómo ha logrado llegar hasta aquí, si nació en una guerra? ¿Cómo no acabó con ella un bisturí, una bala, un hueso de aceituna? ¿Qué hizo para escapar de aquella maceta y la ginebra? ¿Cómo eludió su vuelo la tormenta, cómo no ardió en un incendio? ¿Cómo superó la muerte de su marido, el pluriempleo en las cervicales? ¿Cómo evitó el harakiri y el barranco? ¿Qué le dijo al mar para que no se la tragara?

El muñeco del semáforo se vuelve a poner rojo y aún le queda el último cuarto. Los coches acechan. Los motores ya en primera rugen a querencia de revoluciones, pero ella sigue: un pie, luego el otro, después los brazos lanzan el andador unos centímetros más. Ha tardado una hora en vestirse, y ahora siente que lleva buen ritmo. Los conductores no se atreven a pitar. No lo consentiría la multitud que se ha ido agolpando en ambas aceras. Se oye un “¡vamos!” y un “adelante”. De pronto un socavón lo complica todo: suspiros de desolación entre las dependientas que han salido de las tiendas. Un camarero se pone de puntillas: se va a caer. Pero ella lo rodea poco a poco, sólo necesita algo más de tiempo.

Los últimos pasos son emocionantes. Algunos conductores han dejado sus prisas y han salido del coche para admirar el prodigio. Un niño aprieta los puños, como cuando ve correr a Iniesta. Esto sí que es espectáculo. Sigue acumulando likes y #muyfan. El andador ya toca la acera, por suerte el bordillo está rebajado. La muchedumbre retrocede para abrirle paso y ella desliza una última vez los pies entre el júbilo general. El gentío estalla en aplausos, una ovación recorre la avenida. Desde los balcones le gritan “bravo” y le lanzan claveles. Ella yergue la cabeza despacio, para no marearse tras mirar tanto al suelo. Sonríe pensando en el bisturí, la bala, el hueso de aceituna… ¿Quién dijo que un recién nacido es la vida? La vida es ella.

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