Caicedo, el delantero de siete leguas

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JUANMA TRUEBA

  • Juanma Trueba analiza la figura del delantero ecuatoriano del Espanyol.
  • “El partido de Copa contra frente al Alcorcón podría dibujar la fina línea que separa el pánico de la calma”.
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En el proceloso mundo de los delanteros, los hay de dos tipos fundamentales: los que derriban puertas a patadas y los que utilizan una horquilla para abrir las cerraduras. Dentro de estos márgenes se catalogan el resto de estilos, tan diversos como jugadores puedan existir, pero siempre definidos por la tendencia al botazo o a la ganzúa.

Felipe Caicedo, sobra decirlo porque basta verlo, forma parte del segundo grupo y así fue clasificado cuando siendo un chico alguien lo comparó con Adriano, el brasileño, aquella estrella (aquella zurda) que se apagó tan pronto, mucho talento en poca cabeza. No eran futbolistas iguales, es muy cierto, pero la potencia los hacía coincidir en otro epígrafe, el de los delanteros inabordables. Nadie como Ronaldo Nazario para representar a esa gloriosa estirpe.

Si proseguimos con el inventario, diremos que Caicedo, como tantos talentos precoces en América, pertenece a la clase de los niños emigrantes. De Guayaquil a Basilea con 16 años. De allí a Manchester y después a Lisboa. Hasta que llegó a Málaga no se encontró con un sol como el primero que había conocido. A continuación, jugó en el Levante, para no cambiar ni de cielo ni de mar, y la siguiente aventura le dejó sin azul: Moscú. Para entonces ya tenía callo y novia de pasarela: María García, una española que conoció en Valencia, amor a primera vista.

Cumplidas tres temporadas en Rusia, Felipao inició, en los Emiratos Árabes, el proceso de descongelación. Seis meses a máxima temperatura, portada de ¡Hola! en su edición ecuatoriana y regreso a España, Barcelona, otra vez el Mediterráneo. Nueva vida a los 27 años y una extraña sensación: la estabilidad. Goles, renovación y una hija de nombre Noa, nacida el pasado mes de julio. “Nunca me había sentido tan a gusto, supongo que es la madurez”.

Sin embargo, no hay refrán tan infalible como aquel que nos anuncia que no hay nada que tanto amenace ruina como la felicidad. La temporada comenzó con una peligrosa combinación: nuevo entrenador y lesiones que tardan en curar (isquiotibiales). Todo ello acompañado de la ansiedad correspondiente. En la novena jornada, contra el Eibar, Caicedo entró en el campo en el minuto 73 y fue expulsado en el 83. Entre medias, dos tarjetas amarillas y la bronca del entrenador, que le llamó “irresponsable”. Para colmo, su compañero Baptistao marcó en el minuto 92 el gol que debía haber sido suyo, el que valió el empate.

El pasado domingo, contra el Barcelona, en su tercer partido como titular en la Liga, las cosas no se enderezaron. La única mejora es que no fue expulsado tras duras entradas a Busquets y Messi. Su equipo salió goleado (4-1) y un centrocampista marcó el gol del honor. La consecuencia, inevitable, es que ya se escuchan rumores sobre un traspaso en el mercado invernal hacia los destinos recurrentes, China o Inglaterra.

Con semejante panorama, el partido de Copa contra frente al Alcorcón (1-1 en la ida) podría dibujar la fina línea que separa el pánico de la calma. Si el Espanyol gana en su estadio y se clasifica para octavos, la Navidad sería un tiempo de amor y paz. Vivos en la Copa y novenos en la Liga. De otro modo, quién sabe.

En el peor de los casos, Caicedo probaría suerte en su noveno equipo profesional, nada problemático para quien sabe hacer rápido las maletas. Noa conocería mundo y Ecuador seguiría afinando a su mejor delantero para el Mundial de Rusia. No hay muchos como él. Sobran los finos estilistas y los atacantes que pasan de puntillas por las brasas. Los mediapuntas, los impostores. Los arietes que derriban puertas son pocos, los zurdos una rareza y los maduros una excepción. Tendrá suerte, seguramente.