Carta a Patricia Ramírez, la madre de Gabriel Cruz

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    MELISA TUYA

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    No me conoces, así que me presentaré. Soy una madre, una de tantas, como tú. Estuvimos embarazadas al mismo tiempo, tengo una hija que cumplió nueve años el viernes, los años que ya no cumplirá el pescaíto.

    La mañana de su cumpleaños te hice caso y dibujé un pececillo para apoyarte, para apoyaros, porque eres el rostro visible de un duelo numeroso. Ya me temía entonces, como también tú, que el amor que transmitías desde que Gabriel desapareció no sería recompensado. Igual que tú, no quería permitirme perder la esperanza.

    También te hice caso este lunes, cuando pediste a una España doliente y enfurecida que, en memoria de tu niño, no se extendiera la rabia. Supe que eras sabia. Supe que sabías que la oscuridad solo se vence con una luz más fuerte, que brille tanto que elimine todas las sombras. No se puede arrojar más negror sobre las tinieblas, salvo que se pretenda alimentarlas y hacerlas más fuertes. Así que elegí ser espejo de tu luz, reflejarla tanto como estuvo en mi mano. Luz, de lucidez.

    Cuando eres joven crees que podrás tener tu vida razonablemente bajo control, que llevas las riendas. Creo que madurar es entender que eso es una ilusión, que vivir es como cabalgar un dragón, esforzarse por reír al notar el viento azotándonos la cara, relajarse para disfrutar de la sensación de vértigo y no olvidar nunca que montamos un animal ingobernable, sobre el que podemos influir pero que siempre nos tendrá a su merced, que antes o después nos hará a todos morder el polvo con mayor o menor crueldad. Yo impacté contra el suelo tras saber que mi hijo mayor tenía autismo. Aprendí entonces que lo importante es subir de nuevo al dragón y volver a dejarse llevar, volar con un dolor que hay que dejar salir, creyendo a veces que caerás de nuevo y aferrándote con todas tus fuerzas.

    Madurar sabiamente consiste en volver a bailar cuando se reanuda la música, porque nunca sabemos cuándo parará; es distinguir lo esencial de lo accesorio; pararse en medio de la vorágine a disfrutar del sol del invierno o de un buen recuerdo; es entender “el privilegio precioso que es estar vivo: respirar, pensar, disfrutar, amar” como dijo Marco Aurelio.

    Pero no pretendo darte lecciones, solo acompañarte. Sé que ya sabes todo esto que te estoy contando. Y no tengo ninguna duda de que volverás a reír, a bailar, a cantar contra la adversidad. Es lo que mereces, lo que el pescaíto querría.

    Con todo el cariño,

    Melisa Tuya