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Cicatrices

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MÀXIM HUERTA. PERIODISTA

Recuerdo la luz escasa de la habitación en la que escribía mis primeros cuentos, aquel buró de madera roto y la lata de cocacola a la que le había quitado la tapa para convertirla en bote de lapiceros. Mi empresa editorial era un manojo de folios que grapaba y rotulaba con portadas de novela. Imitaba las que leía y las que no leía. La biblioteca era Enid Blynton, Agatha Christie, Astrid Lindgren, Salgari, Julio Verne y todo lo que pillaba con dibujos ilustrados por José Ramón Sánchez.

La cama se convertía en un sofá donde estudiaba y el suelo en una alfombra para juegos donde quemaba productos de Quimicefa con el riesgo de arder. Hablaba con los muñecos, tenía asma y tumbado con los pies descalzos, que agitaba en el aire como pájaros, leía los cuentos que me regalaban.

Era flaco, luego fui gordo, porque el asma hubo que curarla con cortisona y el deporte fue proscrito de mi vida. Ingresé en el ejército de los que no jugaban al fútbol y de los que se quedaban al final con la bicicleta. Al final… Al final…

Lo volví a ver repetido en el programa de Ana Pastor sobre el acoso escolar. Y el ruido de aquellos días en la EGB me provocó un dolor de cabeza intenso con carácter retroactivo. Los niños, aquellos que acosaban y se burlaban parecen ser los padres de los que hoy lo hacen. Quiero decir que el drama sigue. Entonces, decían, era cosa de niños. Quién cree a un niño que llora. Quién al que se esconde tras el libro. Nadie. Hoy, al menos, se hacen programas y se le presta algo de atención. No es cosa de niños. Porque los niños también son unos auténticos cabrones.

Ese es el tiempo en el que los que corren más que tú se burlan, los que son más altos se burlan, los que son más masculinos se burlan, los que no llevan gafas se burlan, los que son fuertes se burlan… ¿No os suena? Y aprendes a que te dé igual. Y si no te da igual, lo finges. Los niños pueden ser unos monstruos, la infancia no es idílica, es mentira: hay burlas, chanzas por las gafas o porque llegas el último y tu ropa no es de marca. Ana María Matute lo dijo bien: “hay muchas clases de luz en la oscuridad. La infancia es el periodo más largo de la vida”.

La luz la vi yo en los libros. Y en el cine. Y en la fantasía que me vi obligado a crear en aquel buró roto de madera.

Años después, en Madrid, un conocido me contó una historia. Estábamos tomando algo en el viejo Comercial. Era una de esas personas que necesitan contar cosas. Era media mañana y venía de escapada a la capital, harto de su vida. El tipo me habló primero de su novia, después de su familia y de su mal trabajo, quería hablar, desahogarse y que le pagara las cañas. Era uno de aquellos que corrían más rápido que yo, que jugaban al fútbol y que se burlaban de todos. Se acordaba mucho de cuando éramos niños y de nuestro colegio. Curiosamente sólo se acordaba de lo bueno. Lo malo me lo comí yo. Pagué lo mío y salí tranquilo a la calle. Hacía sol. Había ganado.

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