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Cien años de soledad (y cincuenta de éxito)

Cien años de soledad (y cincuenta de éxito)

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOR

De aquella eclosión de novelas que quedaron englobadas dentro del “Boom” (onomatopeya explosiva digna de los tebeos de Mortadelo), Cien años de soledad de Gabriel García Márquez fue desde el principio una de las más exitosas y se convirtió en el epítome de la corriente denominada “realismo mágico”. Este mes se cumple el medio siglo de su aparición en la Editorial Sudamericana de Buenos Aires, en mayo de 1967.

A mí me cuesta pensar que, hace cinco décadas, Cien años de soledad fue una novela más, que llegó a las librerías junto a otras muchas, con el mismo olor a tinta y a pegamento que tienen los libros recién impresos, y que los primeros lectores la hojearon sin ninguna idea preconcebida y leyeron su frase inicial sin saberla ya de memoria (ese “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”, que es una suerte de “En un lugar de la Mancha” contemporáneo).

García Márquez tenía en 1967 cuarenta años y su carrera literaria era relativamente pequeña: había publicado tan solo tres novelitas, todas muy breves (entre ellas, El coronel no tiene quien le escriba) y un libro de cuentos. Todas estas obras, desde luego, estaban muy bien escritas y revelaban que detrás de ellas había un autor dueño de una voz propia, pujante y persuasiva. Pero yo no sé si alguien esperaba de ese periodista colombiano, volcado en textos breves y tan significado en lo político, una novela de la ambición, la fantasía y la complejidad de Cien años de soledad.

Cuando yo la leí, en 1992 (veinticinco años después de su aparición) ya era un clásico. De hecho, la conocí en un volumen de la editorial Cátedra, en su colección Letras Hispánicas, donde están todos los libros que merecen ese nombre, el de clásicos. Así, la obra de García Márquez venía precedida por un extenso estudio introductorio de Jacques Joset y acompañada de las pertinentes notas a pie de página, como si fuera el Cantar de mio Cid o La Celestina, por lo que cualquier lector que la tuviera entre sus manos, por muy despistado que estuviera, ya sabía que se encontraba ante una obra importante, de enorme trascendencia.

En cualquier caso, la novela conservaba toda su frescura y poder de encantamiento y, como un Houdini literario, era capaz de desembarazarse de todos los grilletes y las cadenas académicas que se le echaran encima. Yo la leí con veinte años, justo después de haber terminado El lugar sin límites de José Donoso (obra que me removió el alma y me entusiasmó lo indecible). Muchos lectores de mi generación (me imagino que como los de cualquier otra) leíamos por oleadas, febriles como si nos atacaran epidemias sucesivas: teníamos meses en los que no soltábamos las novelas rusas (en especial Dostoievski), otros en los que preferíamos a los existencialistas franceses (ay, gran Camus, cuánto te amamos), luego pasábamos a los escritores italianos (Pavese, Bassani), y más tarde descubríamos a los hispanoamericanos, que nos entusiasmaron tanto como a los lectores de una generación anterior, así que fui saltando de Vargas Llosa a Manuel Puig y luego a Arreola o a Cortázar (por citar unos pocos), fascinado con todos ellos.

Si uno es joven y quiere ser escritor, es muy fácil caer deslumbrado por una obra como Cien años de soledad, llena de imaginación y a la vez un alarde de virtuosismo técnico. Recuerdo la sensación casi alucinatoria que tuve al avanzar por unas páginas donde, como en los sueños, la realidad en la que vive el lector queda abolida y los acontecimientos más extraños se suceden de modo natural. Cada página traía una sorpresa, un relato asombroso, un descubrimiento feliz.

La novela cumple cincuenta años, edad a la que tantos libros llegan muertos y olvidados. Pero ella ahí sigue, esperando a que sus nuevos y jóvenes lectores buceen en ella como buscadores de perlas en un mar de coral, un mar ubérrimo, inagotable, lleno de belleza y de tesoros.

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