¿Cómo lidiar con la 'segunda flecha' cuando las cosas van mal?

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La parábola budista de las dos flechas, la Sallatha Sutta, explica que cuando a un hombre le dan con una flecha siente el dolor causado por ella. Si le dan con otra, siente todavía más dolor. Esta enseñanza apunta al dolor mental causado por nosotros mismos cuando nos ocurre algo que juzgamos como malo o negativo. Este dolor mental toma forma de pensamientos y emociones que nos encadenan al sufrimiento.

Por ejemplo en el consultorio de coaching de esta semana, se plantea una situación de sobrecarga en el trabajo. La persona siente que esto no es justo y de allí nacen sentimientos de enfado. Si la persona es capaz de utilizar esta ira para, una vez soltada, marcar límites en cuanto a la cantidad de trabajo que puede desempeñar, o para darse cuenta del contexto actual, el ciclo termina y hasta ahí todo bien.

Sin embargo, lo que ocurre a menudo cuando nos llega una situación difícil es que nos negamos inconscientemente a aceptarla. Este rechazo es la segunda flecha, que toma forma de pensamientos, tensiones, argumentaciones y carga emocional diversa. Esta reacción nos apega al fenómeno, lo amplifica y lo empeora.

Aquello que pasa, se convierte en aquello que “nos pasa a nosotros”. Lo personalizamos y al hacerlo se incorpora de forma más o menos intensa a nuestra identidad, de forma temporal o permanente.

Una forma de lidiar con la segunda flecha es observarla y dejarla ir. En el ejemplo anterior, observo la ira que nace de lo injusto de la situación, la siento y la suelto. Observo el tren de pensamientos que acarrea (¿por qué a mi?, siempre tengo mala suerte, la gente quiere aprovecharse, etcétera) y me centro en el hecho básico: existe sobrecarga de trabajo en mi empresa y está recayendo en mí.

Observo el hecho y lo acepto como una realidad impersonal. Como si se tratara de “está lloviendo”. Al igual que no voy a luchar contra el hecho de que está lloviendo, pues tampoco con aquello que me sucede.

Aceptar no significa dejar de actuar. De hecho todo lo contrario. Si logramos aceptar plenamente la circunstancia sin reactividad, desde este espacio nacerán con toda probabilidad acciones sabias. Por ejemplo, al aceptar plenamente la sobrecarga de trabajo que ha traído el coronavirus me permitirá comunicarme de forma más empática con mi director y tal vez buscar conjuntamente soluciones creativas y positivas para ambos y para la organización.

Sin embargo, la segunda flecha llega y a menudo se convierte en una tercera flecha y una cuarta… Entramos en la espiral viciosa pensamientos negativos, defensividad, reactividad, y con nuestra conducta empeoramos las cosas. Cuando esto ocurre, la aceptación es de nuevo el botón de reset.

Nos damos cuenta de cómo nuestra conducta interna y externa está distorsionándolo todo, dejamos de hacerlo y practicamos la autocompasión. Esta no significa autoindulgencia como a menudo se malinterpreta. La autocompasión a nivel práctico, según las enseñanzas de Kristin Neff, se articula en tres pasos.

El primero consiste en reconocer que “este es un momento de sufrimiento”. Con esta afirmación damos un paso hacia la aceptación. El segundo consiste en darnos cuenta de que “el sufrimiento (del tipo que sea) forma parte de la humanidad”, lo que evita que nos perdamos por la senda del victimismo. El tercero, consiste en tomar la intención de “ser amable con uno mismo”, lo que nos permite cuidar de nosotros como lo haría un buen amigo.

La parábola de la segunda flecha nos invita a considerar la naturaleza de la mente. Teresa de Jesús la llamaba la “loca de la casa” por sus cambios mercuriales y potencial destructivo. El budismo se refiere a ella como la mente de mono, porque salta de un lado a otro como el ágil primate.

Ambas visiones apuntan a la necesidad de domar la mente, para no solamente evitar multiplicar el dolor inherente a la vida, sino para entrar en un espacio interior de calma y serenidad.

Este espacio increíblemente cercano, es el aquí y el ahora de nuestra consciencia desnuda. La desnudamos, quitándole los harapos o ropas lujosas de las emociones y pensamientos. Y así entrar en el espacio eterno del ser al que los versos de Rumi nos invitan: “Más allá de las ideas del bien y del mal hay un valle, encontrémonos allí”.



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