El contrabando que sustenta industria en Haití

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    Por Mariela Mejía y Marvin del Cid

    “Carlos” amarró sobre su motocicleta tres sacos llenos de palos secos y encendió el motor. El sonido del vehículo en marcha se escuchaba por el apacible bosque del Parque Nacional Jaragua. El joven llegó a la solitaria y ancha carretera que conecta a Cabo Rojo con la Sierra de Bahoruco y aceleró hacia el sur. El camino era suyo. Iba con descaro. Tenía prisa en entregar lo que transportaba para retornar por más material de contrabando.

    Andaba alerta; procuraba que las autoridades no lo interceptaran. Llegó a una estrecha vereda en el pueblo fronterizo de Pedernales y aceleró más. Estaba a punto de cruzar la frontera entre la República Dominicana y Haití de una forma simple: por el seco río que las divide. Y lo hizo. Otra vez burló el puesto militar que estaba a 800 metros del camino. Sin pasar por un control migratorio, llegó a Anse-à-Pitres, una comunidad haitiana, para encontrarse con “el moreno”, un haitiano que lo esperaba. El afán por entregar los sacos le generó unos RD$1,350 en esa vuelta.



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