MARÍA RAMOS. POLITÓLOGA.

La victoria de Trump ha cogido por sorpresa a todo el mundo. En los últimos meses, casi nadie fuera del país nos podíamos imaginar que llegaría a la Casa Blanca un candidato acusado de fraude fiscal y abusos sexuales, que montó una campaña basada en insultos y descalificaciones, que prometió deportar a los indocumentados y levantar un muro en la frontera con México y que llegó incluso a amenazar con meter en la cárcel a su rival.

A muchos fuera de Estados Unidos nos resultaba impensable que un personaje tan polémico y extravagante como él pudiera ganar. Además, prácticamente todas las encuestas daban casi por segura la victoria de Clinton. Y se equivocaron.

Como pasó el día después del Brexit, ahora todos volvemos la vista a los votantes para entender lo ocurrido. Los primeros datos a pie de urna sugieren que Trump se ha consolidado entre los votantes mayores, los hombres blancos de clase trabajadora y aquellos con menor nivel educativo. Por el contrario Clinton ha tenido un apoyo muy grande entre los afroamericanos e hispanos y entre votantes con estudios superiores.

Pero la gran división en Estados Unidos, mucho mayor incluso y que se solapa con esas otras divisiones sociales, es la de las grandes zonas urbanas y cosmopolitas frente a las zonas del interior. Hillary Clinton ha ganado con holgura en estados grandes y muy urbanos como California o Nueva York y ha conseguido el 93% de los votos en la capital, Washington D.C.

Pero Estados Unidos no es sólo la imagen que nos llega a través de la televisión y el cine. No todos los americanos son triunfadores viviendo el sueño americano en la Gran Manzana o en Palo Alto y beneficiándose de la globalización. Estados Unidos es también Wyoming, Texas o Nebraska.

Y no es casual que haya muchos más votantes de Trump entre quienes viven en ciudades pequeñas o rurales, aquellos que piensan que la situación económica del país es mala, que son también más pesimistas con su situación económica actual y que creen que el comercio con otros países es perjudicial para el país. Clinton representaba el establishment y paradójicamente Trump ha sabido capitalizar el descontento de esos otros americanos.