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"Escribir en España es llorar", nunca lo dijo Larra

"Escribir en España es llorar", nunca lo dijo Larra

GUILLERMO FATÁS. CATEDRÁTICO DE HISTORIA Y PERIODISTA

Mariano José de Larra, que firmó a veces en los periódico como ‘El pobrecito hablador’ (qué gran seudónimo) y ‘Fígaro’, no quiso cumplir los veintiocho años y se pegó un tiro en la sien derecha el 13 de febrero de 1837. Dejó viuda y tres hijos pequeños. El mayor fue libretista. La tercera hija, (doña) Baldomera, notoria pionera en el luego tan difundido arte de la estafa piramidal. Y, en fin, Adela, la mediana, linda amante del efímero Amadeo I.

Larra se prendó de una mujer casada y abandonó a su esposa encinta. Pero su nuevo amor se negó a prolongar la relación y el suicidio puso fin al doble adulterio. Un argumento a tono con las modas literarias del momento. El supuesto autor de la fingida frase «Escribir en España es llorar» había pasado unos meses en París, que lo deslumbró. Conoció a Dumas y a Víctor Hugo, se empapó de un ambiente en el que reinaban Chateaubriand, Lamartine, Balzac y pensadores o científicos como J. L. Lherminier y F. Arago, astrónomo y, además, notable político (republicano). De vuelta a Madrid, estaba imbuido de pasión intelectual por aquel ombligo del mundo. Por eso anotó: «Escribir (…) en el centro de la civilización y de la publicidad es escribir». No alude a la publicidad de los anuncios, sino a la repercusión pública de los escritores y los sabios. En París, escribir es «escribir para la humanidad». En cambio «escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta».

La condición del público en Madrid, incluso del que parece letrado, es fustigada por Larra: «Porque no escribe uno siquiera para los suyos». O sea, el colmo. «¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí? ¿Son las academias, son los círculos literarios, son los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, son las mesas de los cafés (…)?».

Lo visto en París, condensación de Francia, le produce este acceso de amargor español: «Hay una armonía en las cosas del mundo que no consiente el desnivel; cuando en política tenga [España] Talleyranes o Periers, cuando en armas tenga Soults, cuando en su Cámara tenga Thiers, cuando en ciencias tenga Aragos, entonces tendrá en literatura Chateaubrianes y Balzacs».

Así lo publicó en el El Español (distinto del de ahora, eh), el 25 de diciembre de 1836. A menos de tres semanas de pegarse un tiro. Para llorar.

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