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Godín, la eternidad a los 30 años

Godín, la eternidad a los 30 años

JUANMA TRUEBA

  • Juanma Trueba analiza en 20minutos el perfil del futbolista uruguayo.
  • Todos los artículos y perfiles deportivos de Juanma Trueba.

Diego Roberto Godín tiene treinta años, pero esto no es una noticia, ni siquiera un hecho reseñable. Hay personas que nacen con treinta años, igual que hay personas que nunca pasan de los quince o que jamás bajan de los setenta. También hay personas que nacen con el brazalete de capitán. En Godín coincidieron los dos prodigios: el bebé vio la luz con treinta años y con la capitanía incorporada. Los menos imaginativos lo llaman liderazgo y los que debieron cuidar toda la vida a sus hermanos pequeños lo denominan “síndrome del hermano mayor”. En las familias numerosas también hay defensas centrales.

La siguiente peculiaridad de Godín es que nació uruguayo. Tal cosa implica que nuestro protagonista nació con doble ración de orgullo y mate. Al menos esa es la percepción que tenemos quienes miramos desde la media o larga distancia. Visto el carácter indómito del futbolista uruguayo, cuesta entender que la República Oriental de Uruguay no haya ampliado fronteras hasta Alaska. La única razón que se nos ocurre es que la expansión colonizadora hubiera hecho difícil reunir a veintidós jugadores para disputar partidos de fútbol. Porque no olvidemos que en el país sólo viven tres millones y medio de habitantes, con el poder, eso sí, de los lavavajillas concentrados.

Pero volvamos a Godín. Aunque de niño probó a ser delantero, el juego le reubicó como defensa central, la posición que acoge los futbolistas que se afeitan dos veces al día. No olvidemos que el muchacho ya tenía 30 años, y que con esa edad triunfó sucesivamente en Cerro y Nacional, hasta llegar al Villarreal, donde siempre nos pareció un estupendo zaguero con la espléndida madurez que otorga la treintena.

Cuando el Atlético de Madrid cerró su contratación le alabamos el gusto a la secretaría técnica, aunque nunca imaginamos que Godín encajaría como una pieza hecha a medida. No sólo era el central soñado; además es el capitán deseado y la prolongación del técnico en el campo. Y todo ello con treinta años recién cumplidos hace treinta años.

La pasada semana, Diego Godín recibió en el parlamento de su país el Premio José Nasazzi-Obdulio Varela por ser “capitán dentro y fuera de la cancha”. El inolvidable Eduardo Galeano, escritor uruguayo que vale por mil buenos escritores (otra vez el lavavajillas concentrado), definió a Nasazzi como un defensa al que “no lo pasaban ni los rayos X”. Además de impenetrable, Nasazzi fue líder de la selección uruguaya que ganó el Mundial de 1930. De Obdulio Varela está todo dicho, el otro gran capitán, el que ganó la batalla de Maracaná en 1950.

En su discurso de agradecimiento, Godín diluyó su importancia individual en el mérito colectivo y asumió su responsabilidad personal, como si el premio recibido no fuera un motivo para brindar más, sino para brindar menos. La selección charrúa prosiguió, entretanto, su propio discurso: después de vencer a Venezuela en Montevideo (3-0), logró un valioso empate contra Colombia en Barranquilla (2-2). Marcaron Luis Suárez y el Cebolla, pero la crónica de El País (el diario uruguayo) señala a Godín como el mejor del partido: “El Faraón se puso el equipo al hombro y los colombianos se rindieron ante él”. Rusia 2018 está más cerca. La única duda es si los uruguayos querrán entrar por Alaska.

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