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Los pasajeros hacen el movimiento del péndulo según sean las curvas a izquierda o derecha. El vehículo está lleno. Pero no se trata de un transporte público que surca la España rural, sino de una ambulancia. El sindicato USO, a través de su portavoz, Fernando Lanza, ha denunciado que los traslados hospitalarios en Cantabria se han convertido en una especie de colectivos abarrotados en los que solo falta gente de pie. “Nos han dejado sin personal y cada conductor lleva a un montón de gente de diálisis, algunos sin piernas, durante tres horas y teniendo que subir a los enfermos cinco pisos en brazos”. El caso de estos vehículos abarrotados tiene que ver, según denuncian los trabajadores, con que hay 80 conductores para realizar 16.000 servicios.

En los últimos meses, las ambulancias han protagonizado una buena cantidad de casos peculiares, aunque poco tienen que ver con las reivindicaciones laborales, circunstancia por la que también ha habido numerosas huelgas del sector este año y el pasado. Además de la no demasiado extraña situación en la que los conductores den positivo en alcohol o drogas y salen a la fuga tras algún incidente de tráfico, las anécdotas de estos profesionales son muy abundantes. Algunas, casi todas, afortunadamente, muy aisladas y extraordinarias.

Por ejemplo, el caso acontecido el pasado mes de mayo en Benidorm. Un grupo de turistas británicos tuvo una pelea a las puertas de un local de ocio nocturno y uno de ellos resultó herido de cierta gravedad. Llamaron a Emergencias y se mandó un vehículo sanitario a recogerlo. Se atendió al hombre, pero al llegar al hospital ya no estaba. Lo habían perdido por el camino.

En vista de que el herido no llegaba al centro sanitario, la policía se acercó a la base de las ambulancias para preguntar qué había sucedido. Los dos sanitarios relataron a los agentes que el sujeto se había despertado en el trayecto y se había puesto muy violento. Ellos, asustados, habían detenido el vehículo y el tipo había salido del mismo. Los policías fueron a buscar al inglés y lo hallaron inconsciente tirado en una cuneta. Los conductores, posteriormente, dieron positivo por cocaína y marihuana. Ambos fueron acusados de omisión de socorro.

Atajos que salen caros

“Esos casos son rarísimos. La gente es muy profesional”, sostiene Lanza, que apunta más al anecdotario por las jornadas laborales interminables o el doblar turnos. También por algunas de las cosas que hacen los enfermos, como tardar mucho tiempo en “arreglarse” para que el doctor los vea con una pinta adecuada y otras excentricidades.

Otra fuente de anécdotas, a veces con consecuencias bastante graves, es la de los conductores que se pierden. Recientemente se dio el desgraciado caso de un conductor que “buscando un atajo” dio un rodeo innecesario de 50 kilómetros mientras trasladaba a un bebé. Tuvo que ser el abuelo del menor quien dirigiera al piloto hasta un hospital cercano. A causa del retraso el niño quedó en estado crítico.

Entre el anecdotario más sorprendente ocurrido en una ambulancia está el caso del hombre que trasladaba una pata de cordero para la cena de Navidad y tras dar un frenazo la pezuña del animal le golpeó en la cabeza produciéndole una factura de cráneo. También la de la doctora que reclutaron para el vehículo sanitario en plena fiesta de disfraces y vestida de Caperucita Roja con dos coletitas rubias y que tuvo que atender de urgencia a los pacientes de esa guisa. Ambas recogidas en un amplio resumen de esta clase de incidentes por ‘Onda Cero’.

Julio, conductor de ambulancias de Cruz Roja durante más de una década, es más convencional al relatar sus experiencias. “Siempre pasan cosas, pero tienen más que ver con las condiciones de trabajo y del tráfico que cosas extrañas”. Una opinión con la que coincide Lanza: “Las cosas raras no son tan frecuentes, aunque pasan muchas cosas por doblar los turnos o por que llamen a la gente que no le tocaba esa jornada y temas de ese estilo. Lo otro son excepciones”.





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