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Cuesta encontrar una mención expresa al aceite de palma en el plan alimentario presentado a bombo y platillo por el Ministerio de Sanidad esta semana… porque no existe. Y desde la cartera de Dolors Montserrat no aclaran por qué. La prioridad es reducir azúcares, grasas y sal en bollos, lácteos, patatas fritas, cereales, pasteles, refrescos, chorizo, galletas, helados, pan… Así hasta 3.500 alimentos sobre los que se ha planteado un recorte cercano al 10% en tres años.

El camino para llegar hasta este Plan de Colaboración para la Mejora de la Composición de Alimentos y Bebidas 2017-2020, suscrito voluntariamente por más de una veintena de asociaciones sectoriales en representación de 500 empresas como Nestlé, Mercadona, Burger King, Pepsico o Danone, no ha sido fácil. Las negociaciones con Aecosan (organismo adscrito a Sanidad) se han prolongado más de un año y en ellas se ha descartado hacer referencia a ingredientes concretos como el aceite de palma.

Esto no significa que su reducción o progresiva sustitución no esté prevista en el plan. “Se ha optado por conceptos genéricos [como grasas vegetales, sin precisar cuáles] para no confundir a los ciudadanos, pues hay compuestos aún peores que el aceite de palma, como el aceite de coco”, indican fuentes del sector facilitando así la explicación que no ha querido ofrecer el Ministerio de Sanidad. Quizás estemos ante el nuevo ‘no nos metamos en eso’ del Gobierno en materia de nutrición.

El silencio sobrevenido de la Administración Pública sorprende si se tiene en cuenta la sensibilidad existente sobre esta materia, que ha movilizado a casi todos los sectores de la cadena alimentaria: fabricantes (véase el grupo de presión donde participan empresas como Unilever o Ferrero) ydistribuidores, tanto los críticos con la polémica generada (Eroski) como los dispuestos a reemplazar el aceite de palma en sus productos de marca blanca (Alcampo o Mercadona). Otros, como Nestlé, ven “mucho ruido sin base científica” y acusan a los medios de propagar mensajes negativos.

Una de las 83 páginas del pacto sí indica que “se sustituirán las grasas vegetales con elevado contenido en grasas saturadas por aceites vegetales con menor contenido en estas siempre que sea posible”, sin entrar en detalles. Hay cinco patronales que se comprometen por escrito a cumplir esta medida: la Asociación Española del Dulce (Produlce), Industria de Panadería, Bollería y Pastelería (Asemac), Cadenas Españolas de Supermercados (ACES), Grandes Empresas de Distribución (Anged) y Distribuidores, Autoservicios y Supermercados (Asedas).

No obstante, Aecosan ya confirmó a El Confidencial que estaba trabajando con fabricantes, supermercados y bares “para que voluntariamente se comprometan a reformular sus productos” con grasas menos perjudiciales. Lo hizo mediante un documento titulado ‘Aceite de palma’, donde responde a cuestiones como: “¿Qué es? ¿Es peligrosa su utilización? ¿Cuáles son las recomendaciones de consumo? ¿Se va a reducir su presencia?“.

Y fue más allá, al dejar claro que “se está promoviendo el Plan Nacional de Colaboración para la Mejora de los Alimentos y Bebidas 2017-2020 para sustituir progresiva y paulatinamente este aceite por otros con un perfil nutricional más saludable”. Han pasado más de 10 meses desde aquellas declaraciones y, sin embargo, no hay ni rastro del aceite de palma en dicho plan. Al menos, ninguna mención explícita.

Mientras las organizaciones de consumidores insisten en que abusar de este ingrediente es nocivo (en especial para las personas que padecen problemas cardiovasculares, sobrepeso o colesterol alto), los fabricantes recuerdan que el aceite de palma no tiene un sustituto fácil que otorgue el mismo sabor y textura a los alimentos. Y sobre todo, que tampoco es baladí, que sea tan barato.





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