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https://rss.elconfidencial.com/tags/otros/salud-6110/

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Un buen plato de embutido, con su jamón serrano, queso y chorizo, equivale a unas 147 calorías o, lo que es lo mismo, una media hora intensa de circuitos de tonificación en el gimnasio. ¿Asequible, no? Las croquetas de tu abuela son unas 38 calorías cada una. Si te tomas dos podrías olvidarte de ellas con menos de una hora de yoga. Para comer esa porción de pizza has de pasarte unos 30 minutos en la bici estática. Y qué decir de la ensaladita ligera, esa con la que no hace falta ni enfundarte las deportivas. ¡La bajas de camino al trabajo!

En estos últimos años se ha generalizado, sobre todo en países como EEUU, el contabilizar lo que comemos no tanto en cantidades, ni siquiera en calorías, sino en los minutos que tardaríamos en quemarlas haciendo ejercicio. De la noche a la mañana, han proliferado los ‘apps’ convertidoras, los consejos de entrenadores y hasta las etiquetas en los alimentos. Y a nosotros nos fascina: ¿Sabías que para beber una lata de refresco hay que correr alrededor de 50 minutos? Pero, aunque pueda ser divertido, y a veces hasta chocante, no está del todo claro si comparar los alimentos con su coste en esfuerzo físico fomenta de verdad un comportamiento más sano.

En principio, no hace ningún daño. Tan solo sirve como punto de referencia para saber cuánto estás comiendo. Ponen, por tanto, los alimentos en perspectiva. Según un artículo publicado el año pasado por el ‘British Medical Journal’ los equivalentes de ejercicio podrían ayudar a combatir la creciente epidemia de obesidad que vive el primer mundo. En este sentido, el director del Centro Nacional de Peso y Bienestar, Scott Kahan, asegura que “la gente tiende a sobrestimar la energía que gasta cuando hace ejercicio y, en cambio, a subestimar las calorías que consume” y que los equivalentes pueden ayudar a contextualizar.

El cuerpo se hace en la cocina, no en el gym

Sin embargo, esta correspondencia entre calorías y ejercicio esconde un defecto claro. Lo demuestra la periodista Gabriella Boston en un reportaje del ‘Washington Post’. En él se cita a la directora ejecutiva de la Asociación Nacional de Trastornos de la Alimentación, Claire Mysko, quien señala que trazar equivalentes es algo muy arriesgado, especialmente para aquellos que son vulnerables a los trastornos alimenticios. De esta forma, se fomenta la idea preconcebida de que para adelgazar el ejercicio debe ser la prioridad, nada más alejado de la realidad.

Aunque importante, el ejercicio no representa más del 20% de la pérdida de peso, según relata la entrenadora personal Cassia Denton, el cual no debe limitarse al cardio, sino que también son fundamentales los entrenamientos de fuerza. El 80% restante se lo debemos a la nutrición. Si bien la gente suele hacer ejercicio para adelgazar, sus efectos beneficiosos más corrientes tienen más que ver con el estado de ánimo, sentirse bien o dormir mejor. “La contribución del ejercicio a la pérdida de peso es mínima”, resume Scott Kahan.

“En lugar de mirar a los alimentos como buenos o malos y al ejercicio como un mecanismo para quemar calorías, tratamos de alentar a la gente a pensar en la actividad física como algo que te hace sentir bien y la comida como algo que te da energía”, asegura Mysko. “Entrar en el juego de los números puede llegar a ser algo muy insano”, subraya, “pues invita a la vergüenza y al castigo”.





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