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La crónica del treintañero: 'La locura de ir en bici por Madrid'

La crónica del treintañero: 'La locura de ir en bici por Madrid'

CARLOS G.MIRANDA. ESCRITOR

Soy de los que en los últimos años se han apuntado a ir en bici por Madrid. Siempre se había dicho que esta ciudad no estaba diseñada para el vehículo más ecológico de la historia, que 9 de cada 10 calles están en cuesta, pero Ana Botella nos convenció de que podíamos ser tan europeos como los de Barcelona. Fue un alivio poder subirme a las ruedas sostenibles después de una década en coche, en la que conseguí un buen historial de multas de parquímetros. También probé un tiempo con la moto, hasta que me pegué una leche y elegí vivir, vendiéndola. Con lo que saqué, me compré una bicicleta de las de petarlo en Instagram: cuadro de aluminio, mil marchas, ruedas de colores… Además, pesaba poquísimo; tan poco que se la llevó el viento. Bueno, fue un mangui que se la encontró candada a una farola. Con una manita de pintura, las bicis se venden fenomenal en el mercado de segunda mano.

Iba a invertir lo que saqué en Wallapop por el sillón (el ladrón me lo dejó de recuerdo) en BiciMAD, el servicio público de bicicletas de Madrid, pero cambié de idea cuando me acerqué a una de las estaciones y me encontré a una chica allí acampada. Le habían cargado 500 euros en la tarjeta después de que un cara se llevara una bici a su nombre, así que, hasta que se resolviera el asunto, iba a boicotear el servicio voceando sus desventajas: frenos averiados, motores que no tiraban, estaciones vacías, un teléfono de incidencias sin respuesta… No sé la campaña de esa chica habrá tenido algo que ver con la venta de Bonopark, tras su pésima gestión, a la EMT, pero aliados no le faltaban.

Decidí seguir el consejo de los de los foros de Internet que estaban más puestos en recorrer la ciudad pedaleando: una bici normalita que llame poco la atención para evitar robos. Mi padre me trajo una que llevaba años en el pueblo y que en Facebook no conseguiría ni un like. Pesaba un quintal y, por no tener, no tenía ni marchas. Fue entonces cuando descubrí que ir en bici, pasados los treinta, cansa un huevo.

Mi bici no sirve para ir a una reunión de trabajo, a no ser que sea una en la que se valore la capacidad de sudoración de mi cuerpo. Tampoco fue buena idea contarle a aquella cita de Tinder que yo es que me movía en bici, de siempre, y recorrerme medio Madrid para tomar una copa una noche con helada. Cogí frío en la espalda y, desde entonces, tengo ataques de ciática que me obligan a usar una faja anticitas.

Con tanto pedaleo, al menos, esperaba adelgazar, pero mi madre dice que me ve muy bien últimamente, así que creo que necesito algo más que deporte aeróbico. O igual es porque me pongo a andar por la acera empujando la bici cada vez que me encuentro una cuesta (aunque no vaya subido en la bici, las miradas de odio de algunos peatones que creen que llevo un misil están aseguradas). También me bajo de la bici porque al circular por la calzada tengo la sensación de que estoy jugando a la ruleta rusa con coches.

A BiciMAD le pusieron ese nombre porque circular por Madrid en bici es una locura. Como todo esto se montó muy rápida, en los últimos días de la alcaldesa menos votada de la ciudad, el carril bici se solucionó pintando en el suelo de la calzada, llena de baches y rejillas que con la lluvia se convierten en tramos de mantequilla, una limitación de velocidad a treinta. No sé qué pintura usaron, pero algunos conductores no la ven. Son esos que se te pegan al culo de la bici y te adelantan acelerando en plan Fast and Furius, al grito de jipi, ecologista o podemita (yo toco el timbre gritando que esto fue iniciativa del PP). Es cierto que hay zonas con un señor carril bici, como el de la calle Alcalá, pero en cuanto se acaban sus escasos metros llegas al cruce de Cibeles y la continuación está peor señalizada que la Terminal 4 del aeropuerto.  

Igual estábamos más acertados cuando decíamos que en Madrid no se podía ir en bicicleta, al menos hasta que nos pongan un carril en condiciones como el de Sevilla o Barcelona. ¿Necesitamos otra candidatura olímpica para conseguirlo?

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