"La profesionalidad va de resultados y del valor que aportamos, no de lo que parecemos o las horas que trabajamos"

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La incidencia del teletrabajo en España ha pasado del 5% al 34% durante los meses de la pandemia. Sin embargo, lejos de aportar beneficios en la conciliación laboral ha ampliado las jornadas por la falta de preparación y planificación previa de las empresas. Se estima que el teletrabajo en confinamiento ha sumado dos horas más a la jornada laboral. El miedo a perder el trabajo y la necesidad de mostrar el compromiso ha empujado, además, a los trabajadores a no desconectar. ¿Es el teletrabajo un sistema eficaz? ¿Podemos llegar a la tan deseada conciliación laboral? ¿Cómo podemos aplicar la gestión emocional al trabajo? Todas estas cuestiones las abordamos en esta entrevista con Izanami Martínez, antropóloga experta en comportamiento humano y autora del libro Vivir Notox (HarperCollins, 2020), una guía para deshacerse paso a paso de los pensamientos, sentimientos y alimentos tóxicos que impiden desarrollar todo el potencial personal.

Después de cuatro meses teletrabajando en casa a causa de la pandemia, ¿esta ‘experiencia piloto’ demuestra que el sistema tiene todavía muchas taras que debe mejorar?

Claramente ha demostrado que tal y como teníamos planteadas las cosas como sociedad era una estructura muy injusta y muy insostenible. En cuanto las circunstancias nos han puesto contra las cuerdas ha quedado en evidencia lo injusto y lo poco proporcional del sistema que teníamos hasta ahora.

Muchos han idealizado el teletrabajo y cuando se han dado de bruces con él se han encontrado con un caramelo envenenado. Si realmente va a convertirse en una fórmula de futuro, ¿cuáles que son las cuestiones de fondo que se tienen que solucionar para que sea posible en óptimas condiciones?

Lo primero que tenemos que hacer como sociedad es evolucionar en torno a la creencia cultural que tenemos sobre la profesionalidad. Las creencias culturales son cosas que se entienden como verdades absolutas en un momento determinado de la historia a partir de lo que se sabía en ese momento. Tuvimos la creencia cultural de que la Tierra era plana, de que el Sol giraba alrededor de la Tierra, de que las mujeres no teníamos derecho a votar o que las personas homosexuales no podían casarse. A medida que las circunstancias van evolucionando, cuanto más bruscamente lo hagan más rápido demuestran lo obsoletas que se han quedado.

En este caso, lo que más sufrimiento y conflicto nos está originando es la creencia cultural de profesionalidad. Pensamos que para ser super profesional hay que ser impersonal, una persona seria, fría, que no puede haber absolutamente ningún contacto entre nuestra vida personal y nuestra vida profesional. Cuando los hijos de aquel presentador de la BBC se colaron en una conexión en directo se lió una tremenda y han hecho falta solo tres meses de confinamiento para que eso sea ya lo más normal del mundo. Lo opuesto, en cambio, sería totalmente antinatural. De hecho, la palabra conciliación en si explica el conflicto porque hablamos de conciliar dos cosas que son excluyentes. Se nos ha dicho culturalmente que nuestra vida personal, tengas hijos o no, tu pareja, tus mascotas, tus aficiones… en definitiva, lo que tú eres como persona y lo que tú eres como profesional son excluyentes y, por eso, cuando tienen que juntarse hablamos de conciliar. Pero esto es conciliar posturas opuestas cuando yo creo que a lo que tenemos que evolucionar necesariamente, para acabar con todo este sufrimiento y conflicto, es pasar de la conciliación a la integración: a cómo lo hacemos para que nuestra faceta productiva, lo que hacemos para mantener a nuestras familias, lo integremos con el resto de lo que somos.

¿Y cómo debemos gestionar las emociones en el trabajo para que este no acabe por devorarnos y consigamos un equilibrio entre vida laboral y personal?

Esto que nos ha pasado en la pandemia es como si todos hubiéramos vivido una depresión posparto colectiva. Cuando analizas lo que es una depresión posparto no tiene mucho sentido evolutivamente que una mujer después de parir se suma en una profunda depresión y se quede impedida, incluso, para cuidar de su hijo. No tiene ningún sentido y eso significa que nos pasa por algo cultural que nos está estrangulando. Lo que nos pasa a todas las que hemos sido madres es que nos han contado toda la vida que para ser aceptables en la sociedad, para tener éxito y merecerte ser feliz hay que tener una carrera profesional, ganar dinero, llevar americanas, ir a reuniones… Y cuando de pronto eres madre, te pasas los días cambiando pañales, con un niño en la teta… la depresión viene de la sensación de que has perdido todo por lo que has trabajado y te has convertido en una cosa invisible. Y ahora, en el confinamiento, nos está pasando un poco esto. De pronto, todas las cosas que nos hacían parecer muy profesionales ya nos las tenemos y nuestra vida personal se está metiendo en las videollamadas, en las reuniones, se cruza el gato por delante del ordenador, el niño se mete en la llamada… No puedes hacer las cosas al ritmo que las hacías antes porque tu vida te reclama. Y lo que tenemos todos es esa frustración y esa sensación de que no estoy llegando a nada: no estoy haciendo bien las cosas en casa, no me estoy cuidando a mí mismo lo que necesitaría pero tampoco estoy rindiendo en el trabajo lo que me gustaría. La sensación de culpabilidad está siendo enorme.

¿Cómo arreglamos esto? Se nos está pidiendo como sociedad algo muy difícil pero que ya hemos hecho muchas veces a lo largo de la historia: reevolucionar nuestras creencias. Estamos en un punto histórico clave en el que tenemos que empezar a entender que la profesionalidad va de los resultados que obtenemos y del valor que aportemos, no tanto de lo profesionales que parecemos o de las horas que trabajemos. Toda esa cultura del presentismo, de estar todo el día metidos en la oficina, de trabajar unos bloques de horas determinados porque el jefe está presente o de ir a reuniones interminables no determina el resultado de nuestro trabajo. Estamos avanzando hacia una cultura en la que vamos a estar mucho más centrados en los resultados, y quien primero tiene que hacer ese cambio somos nosotros mismos para dejar de machacarnos y de sufrir.

¿Cuáles son los elementos más tóxicos a los que recurren los propios trabajadores y que vician el trabajo? ¿Tendemos a culpabilizarnos de una manera exagerada?

Hay una tendencia de que para merecernos el éxito y el reconocimiento nos tenemos que esforzar un montón. Está muy intrincado en nuestra cultura y por eso tenemos la sensación de que cuando las cosas nos salen fáciles y rápidas no tienen tanto mérito. No pesamos que esto puede ocurrir porque hemos desarrollado nuestro potencial durante muchos años de profesión y estamos en un punto alto de nuestra capacidad para poder hacerlo. En vez de abrazarnos y darnos una palmada en el hombro por ser eficientes, nos sentimos culpables. Por lo tanto, lo primer es hacer ese cambio: la profesionalidad va de resultados y de eficacia no de imagen. Puedes estar en consejos de administración conectándote desde tu casa y dándole el pecho a tu hijo y eso no hace que seas menos productiva o que aportes menos valor a la reunión. Hay que normalizar que somos personas que trabajan y que tenemos que integrar el trabajo como una parte más de lo que somos junto con nuestra familia, amigos, aficiones, nuestro bienestar… Permitir que todas las facetas de lo que somos se hablen entre ellas y no permitir que nos vuelvan a decir qué partes de nosotros son incompatibles.

Vernos invadidos por el deber de la responsabilidad, los sentimientos de culpa hacia al trabajo, la necesidad de estar siempre disponibles incluso fuera del horario laboral… ¿hasta qué punto nos perjudican?

Profundamente. Una de las cosas que estamos aprendiendo culturalmente como sociedad es que ha llegado el momento de que empecemos a priorizarnos. Nos estamos empezando a dar cuenta que cuando nos esparcimos en las expectativas de los demás, nos vaciamos y empezamos a operar desde un lugar desde el que no somos productivos ni aportamos valor. Sentimos muchas veces que el cuerpo es como una caja negra y que todo lo que pensamos, lo que sentimos, lo comemos… entra y sale y no pasa nada. Pero el impacto de cada emoción, de cada pensamiento, de cada alimento es químico e inmediato en nuestro cuerpo, la culpabilidad nos enferma y cuando perpetuamos estos gestos nos estamos secando.

Esta época ha sido durísima para mucha gente porque ya tenían esa tendencia a cumplir expectativas y ahora desde casa no han podido apagar el ordenador, pueden seguir trabajando y esto les está llevando a caminos muy oscuros. Y creo estamos en la crisis previa a que nos plantemos y digamos ‘tenemos que empezar a priorizar nuestro bienestar’ porque solo puedes aportar valor si estás vital. Si tienes un bienestar físico, mental y emocional, dos horas de trabajo te van a cundir una barbaridad. Si por el contrario estás con insomnio crónico, con ansiedad, con estrés, comiendo todo el rato, con los niños, sintiéndote culpable… tardarás dos días en acabar cualquier cosa. Tenemos que empezar a darnos cuenta de que intentando satisfacer las necesidades de todos los que nos rodean lo único que estamos haciendo es darles el 10% de todo lo que podríamos aportarles si estuviésemos nosotros bien primero. Hay que empezar a entender la salud no solo como la ausencia de la enfermedad sino como el bienestar físico, mental y emocional necesario para desarrollarnos y aportar valor de verdad.

¿Y cuáles serían las fórmulas para desconectar, para no prolongar la jornada laboral más de lo necesario y cerrar capítulo una vez que salimos del trabajo o desconectamos el ordenador?

El primer paso que hay que dar es tomar una conciencia absoluta de lo importante que es respetar tu bienestar personal porque si eso no lo tienes claro, a la segunda que te presionen para mandar un email a las diez de la noche por cumplir las expectativas lo vas a hacer. Lo segundo, delimitar un tiempo al día para ti, al menos establecer media hora o una hora, sin móvil, sin absolutamente nada para hacer algo que te llene y te cargue: ejercicio físico suave o intenso, darte una ducha lenta con mascarilla en el pelo, escuchar música… algo que te reconecte contigo. Y, además, establecer muy bien esos límites de ‘estoy trabajando con los niños en casa y a esta hora tengo que desconectar’ y defenderlos con respeto pero con muchísima contundencia. En estos momentos de ruptura social tenemos la oportunidad de que si todos nos ponemos firmes las cosas cambian porque se está cambiando el estatu quo. No solo vamos a mejorar nuestra situación sino que vamos a contribuir a hacer ese cambio cultural que necesitamos todos. Se nos ha enseñado desde muy pequeños que priorizarse es egoísta y que las buenas personas son las que hacen lo que se les pide y eso, ahora, nos está poniendo la zancadilla.



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