La vida, nada más

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    HELENA RESANO. PERIODISTA

    Mi enfermedad ha sido una bendición. Cuando esto te lo dice alguien que ha perdido ya la vista de un ojo, necesita un bastón para poder caminar y ni con eso logra mantener el equilibrio, suena a broma. Te lo dice buscando las palabras porque cada vez, más a menudo, su cerebro no traduce en palabras lo que quiere decir. Sonríe todo el tiempo y en su sonrisa se mastica también mucha frustración. Bruno tiene esclerosis múltiple. Lleva 13 años conviviendo con la enfermedad, con esa compañera de baile que te pisa en cada paso, como él la define. Y se siente un vencedor, porque hace ya unos cuantos años que debería haber estado en una silla de ruedas, pero esta vez ha sido él el que le ha dado un buen pisotón a la enfermedad. Bruno se impone ser optimista, pero, cuando llevas un rato charlando con él, su cabreo aflora: me dice que está pensando en organizar una revolución de escleróticos contra sanos para que de una vez despertemos y nos demos cuenta de todo lo que nos estamos perdiendo, de la vida tan maravillosa que tenemos y que no somos capaces de disfrutar porque estamos muy ocupados en preocuparnos por tonterías. Sentir, escuchar cada poro de su piel, respirar, cerrar los ojos y empaparse de los sonidos, los susurros, las caricias. Bruno asegura que ha aprendido a vivir de una forma mucho más consciente.

    A Bruno lo conocí hace unos días en un taller con enfermos de esclerosis múltiple. Era una especie de terapia de grupo: hablar de lo que la enfermedad les ha quitado y lo que también les ha regalado. Konstantin es violinista, y teme que un nuevo brote le arrebate su única pasión: la música. Contaba que hace ya unos años que el equilibrio le abandonó y que la sensibilidad de sus dedos no es la misma, pero ha sabido encontrar ese sonido que la esclerosis le ha traído. Dice que su música, tras el diagnóstico, es otra. Como el baile de Nella: una chica preciosa, con una sonrisa eterna, que desde hace tres años intenta que su compañera de baile, la esclerosis, le siga el ritmo. La enfermedad le ha arrebatado los sueños, dice que ha aprendido a no hacer planes, a no comprometerse a estar tal día a tal hora en un sitio, porque no sabe si llegará. Pero en cambio, sobre el escenario, ha nacido una nueva Nella.

    Estar una hora con ellos es abrir los ojos a una enfermedad que padecen 2 millones de personas en todo el mundo, y que Dani Rovira nos descubrió en el cine con la película 100 metros. Cuenta la historia de Ramón Arroyo, un enfermo de esclerosis que, tras ser diagnosticado, decidió prepararse para correr un Iron Man. 100 metros es la metáfora: es el recorrido que se impuso Ramón tras el primer brote de la enfermedad. Pero en realidad es el recorrido, la meta, que se autoimponen ellos: no centrarse en las discapacidades que les deja la enfermedad, sino en las capacidades que siguen teniendo. Un objetivo que deberíamos marcarnos a fuego todos. Eso es la vida, nada más.