Las ciudades son islas de calor

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    CÉSAR JAVIER PALACIOS. PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE

    Lo hemos oído desde niños. Y lo hemos repetido mil veces sin entrar en demasiados detalles. En las ciudades hace siempre más calor que en el campo, especialmente por las noches. Varios grados más. Lo achacamos con toda la razón al asfalto y al hormigón, acumuladores de calor que como los radiadores más eficientes se recalientan durante el día y se mantienen caldeados en horario nocturno. Pero también influye, y mucho, la arquitectura. Las grandes moles habitacionales de nuestras urbes presentan mucha superficie vertical cuyas fachadas actúan como gigantescos captadores de la radiación del Sol. Además asfaltamos las calles en negro, el color que más calor absorbe. Por si todo esto fuera poco, los modernos exteriores y ventanales de cristal o metales brillantes actúan como los espejos de un inmenso horno solar que apunta directamente hacia nosotros. Relanzan la energía rebotada por la ciudad de nuevo hacia la tierra en lo que se da en llamar “efecto cañón”. Ni Zeus con sus rayos sería tan inmisericorde.

    Son estas mismas edificaciones las que provocan un curioso anticiclón térmico por las noches, atrapando sobre nuestras sudorosas cabezas una cápsula de gases a modo de cristal de invernadero donde el aire se recalienta aún más pues apenas circula. Y sin viento fresquito no hay quien duerma aunque abramos todas las ventanas. Si vives en ciudades localizadas junto al mar o en valles fluviales lo normal es que los vientos frecuentes rompan esa burbuja. Pero en ciudades rodeadas de montañas el aire queda obstruido y hace la cápsula más gruesa, más insufrible. Madrid, por ejemplo, es una gigantesca isla de calor, como bien saben, por desgracia, los madrileños.

    Nos podrían ayudar los bosques y jardines, esos árboles generosos capaces de refrescar el ambiente, aportar sombra, emitir vapor de agua, producir oxígeno, absorber el CO2, retener en sus hojas partículas tóxicas y hasta atenuar los ruidos de la contaminación sonora de las grandes urbes, pero plantamos pocos pues imaginamos que sólo tienen un mero interés decorativo, como las esculturas y el mobiliario urbano.

    No hemos dado una diseñando nuestras ciudades. Superficies altas, oscuras o reflectantes, apretadas en espacios pequeños y con escasas zonas verdes. Se podría mejorar el modelo replanificando los nuevos barrios, pero en realidad lo estamos empeorando con nuestra moderna tecnología. Coches, camiones y autobuses tienen motores de explosión que emiten cálidos y contaminantes humos. El aire acondicionado se ha instalado en nuestras vidas, enfriando el aire de las habitaciones pero expulsando todo el calor residual a las calles. Ordenadores, televisores, frigoríficos, lavadoras, lavaplatos y todas las máquinas domésticas, incluidos los teléfonos móviles (especialmente el mío) son emisores constantes de calor. Nosotros mismos somos fuentes hacinadas de altas temperaturas, 36,6 grados centígrados por persona en el mejor de los casos, todo un horror cuando lo vemos en un termómetro callejero.

    La solución pasa por reducir el consumo energético y apostar por un nuevo modelo de climatización pasiva de los edificios que, básicamente, significa volver a viejos modelos como persianas, toldos y cortinas, pintar los edificios en tonalidades claras y poner plantas en las terrazas e incluso tejados para crear un microclima más fresco. Otra opción poco costosa y eficiente energéticamente son los ventiladores de techo. ¿Ventiladores, abanicos, persianas? Resulta fácil proponerlo, pero ni yo mismo, que uso esos ventiladores en casa, me lo creo. En el fondo esto de ser Robinsones en islas de calor, acalorados, sudorosos y aislados, parece que mola más que abanicarnos en grupo con un pai pai.