Mal momento para mentir mal

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    CARLOS SANTOS. PERIODISTA

    Mira que mienten estos tíos. No lo digo yo, lo dice todo el mundo, al ver el desparpajo con que manipulan, disimulan, ocultan, falsean la verdad o le dan dimensiones artísticas haciendo teatro, paripé o eso que ellos mismos llaman ‘escenificación’. No es para tomarlo a broma. De todas las formas de corrupción, la del lenguaje es una de las más dañinas para la democracia porque afecta a un elemento sustancial del propio sistema: la palabra (no por casualidad ese sistema tiene como templo mayor el parlamento). No es tampoco nada nuevo. Si en el refranero está la expresión “mientes más que un concejal” es porque aceptamos con naturalidad que la mentira forma parte del paisaje político cotidiano.

    Tan acostumbrados estamos, que a veces nos conformaríamos con que mintieran con un poco más de gracia. “La obligación de un político es mentir bien”, escuché hace siglos a un nacionalista catalán que atribuía la frase al Giulio Andreotti; he intentado confirmar la paternidad y no está claro que el italiano dijera semejante cosa, aunque hay indicios racionales de que la practicó. De todos modos, no es mala idea. Ya que mienten, al menos que mientan con elegancia y sentido de la oportunidad. Lo peor de las mentiras que están soltando estos días no son sus dimensiones: es el pésimo momento en el que se producen. Justo cuando deberían esforzarse por ser transparentes, para recuperar el crédito perdido, se enredan en rodeos verbales, se rasgan las vestiduras cuando otros hacen lo que ellos mismos han hecho o van a votar embozados, para que nadie conozca la verdad de su voto.

    “Por la corrupción del lenguaje empiezan otras corrupciones”, decía Octavio Paz, que hoy añadiría: “y se avivan las existentes”. Angustia pensar que esta sociedad, extenuada por la crisis y por la incompetencia política, tenga que seguir soportando la continua manipulación del lenguaje. Habrá quien diga “peor es que roben”. Sí, pero a un ladrón lo puedes meter en la cárcel; a quien perturba la convivencia pervirtiendo la verdad, no. Todos sabemos que las palabras se pueden estirar, según convenga, todos comprendemos que en el inicio de una partida no se enseñen todas las cartas, entendemos que las negociaciones para formar una mayoría parlamentaria se lleven a cabo con discreción y aceptamos gustosos que sus protagonistas digan cosas diferentes a las que decían hace unos meses, porque para que este proceso llegue a buen fin es imprescindible que rectifiquen su posición inicial.

    Pero una cosa es eso y otra la corrupción de la verdad, en un país donde no hay despidos sino ‘ajustes’, no hay crisis sino ‘desaceleración’, no hay rescate bancario sino ‘préstamo en condiciones favorables’, no hay amnistía fiscal sino ‘medidas excepcionales para incrementar la tributación de rentas no declaradas’, no se le sigue pagando al tesorero ladrón sino que se le da una ‘indemnización en diferido’, la subida del IRPF es ‘un recargo temporal de la solidaridad’, la del IVA, ‘gravamen adicional’ y quienes hace unos meses pervertían la verdad criminalizando a todo el que tuviera tratos “con quienes quieren romper España” ahora vuelven a pervertirla diciendo que “lo nuestro no es pacto, es cortesía parlamentaria”, mientras llaman ‘moderados’ a quienes llamaban ‘independentistas’.

    Es saludable que los nacionalistas vuelvan al redil institucional del Estado, sea cual sea su móvil, y que el PP, en lugar de alimentar el radicalismo independentista con su cerrazón, vuelva a contemplar la posibilidad de pactar con quienes, después de todo, van a las mismas iglesias, mandan a los niños a los mismos colegios y meten el dinero en los mismos bancos. Es buena noticia, en fin, que todos dialoguen con todos. Pero eso hay que hacerlo de frente y por derecho. Discreción, toda la que quieran; mentiras, ni una. Es un mal momento para mentir mal. El peor. Porque ésta es, precisamente, la hora de la verdad.