Opinión

Las oscuras maldiciones de Castaños

Las oscuras maldiciones de Castaños

Por José Luis Taveras

La semana pasada se batieron los últimos torbellinos del tornado de la anterior. El origen de esa tempestad fue la publicación de un manifiesto de ciudadanos, quienes, con razón o no, pedían la renuncia del presidente Danilo Medina. El documento pudo haber pasado desapercibido como otros tantos, ya que la estrategia del Gobierno en el trance de Odebrecht es sortear cualquier reclamo con el silencio. Pero esta vez extrañamente no fue así, lo cual es sintomático, y el Gobierno, lejos de obviarlo, decidió activar una embestida necia y desproporcionada, confirmado el aforismo popular de que “no se puede hablar de soga frente al ahorcado”. 

El tremendismo imputado al famoso documento fue superado con creces por la reacción de algunos voceros, quienes aprovecharon la artificiosa crisis para exagerar sus lealtades y ponerse a la vista del capitán del barco. Obvio, la respuesta más señera, por su altisonancia e insensatez, fue la del presidente de la Junta Central Electoral, quien, como profeta del Antiguo Testamento, desató la ira de Dios para advertirles a los firmantes sobre la maldición de conspirar en contra del ungido, Danilo Medina.

Su recia admonición profética fue contundente y ominosa: “El presidente Danilo es un presidente ungido por el voto popular que se manifestó en él de una manera incuestionablemente mayoritaria y cualquier persona que atente contra esa unción está generando una contrarreacción y vendrán unas maldiciones tan grandes, si esas personas se salen con la suya, que eso les afectará a ellos y probablemente a sus descendientes también”.

Entre espanto, risa y sospecha, me pareció leer a Nostradamus, Rasputín, Edgar Cayce, Allan Kardec o a Jeane Dixon. Julio César Castaños Guzmán, con la certeza de un clarividente de la era de Acuario, arropa al ungido con un manto de protección divina y de paso presagia maldiciones terroríficas en contra de los que pidan la renuncia del presidente, desgracia que, como un siniestro hechizo, se traspasa a sus futuras generaciones. O sea que para Castaños Guzmán un presidente no puede ilegitimarse en su ejercicio ni ser sujeto de un juicio político (es un ejemplo, no lo digo por Danilo Medina; lo aclaro por si acaso, y para así eludir las maldiciones).

Ahora entiendo con más conciencia las consecuencias de algunas blasfemias históricas, como las de Juan Bosch, un reincidente contumaz en ese pecado, cuando pidió la renuncia de Salvador Jorge Blanco en 1984 y la salida de Balaguer en el 1990 con el “que se vaya ya”, frase convertida en estribillo popular cuando los peledeístas eran pobres y descosidos. ¡Jamás volvió a la presidencia! Suerte que nunca leí ese fatídico documento y prometo no hablarles a algunos amigos y conocidos firmantes, no vaya a ser cosa… (¡Zafa!).

De súbito reverdeció en mi imaginación el pasado bíblico más remoto, cuando las implacables  increpaciones de los profetas Jeremías, Daniel y Ezequiel amedrentaban al pueblo de Israel por sus iniquidades y extravíos. Evoqué las palabras de David, cuando teniendo la oportunidad de matar al rey Saúl, mientras dormía, apenas le cortó la orilla de su manto para mostrar que le había salvado la vida a su propio enemigo. Ante la sorpresa de sus hombres, David les respondió: “Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, que yo extienda mi mano contra él; porque él es el ungido de Jehová”. (I Samuel 24: 6, 10).

La perorata del presidente de la Junta Central Electoral no vino envuelta en alegorías ni fue la expresión aislada de un momento emotivo; tuvo intenciones personales claras. Este documento le vino como un bálsamo al presidente, urgido de encontrar un apoyo para “confirmar” las teorías conspirativas atribuidas a la indignación popular del momento.  A Castaños Guzmán le brindó en platillo diamantino la oportunidad para enviarle una señal de respaldo a un gobierno aturdido que busca con ansiedad la forma de victimizarse, como sutil gratitud por su “unción” al frente de la Junta Central Electoral. El concierto de desafinadas bocinas del Gobierno ha hecho y hará todo lo que falta para vincular este sentir aislado de un grupo de ciudadanos con las fantasiosas tramas subversivas del movimiento verde. No dudo que las maldiciones auguradas por el prestante presidente de la Junta Central Electoral empiecen a cumplirse tempranamente de la mano de los garrotes de la intolerancia.

La declaración de Castaños Guzmán nació de sus visiones (¿místicas?) y de sus convicciones (¿políticas?). Así, sin considerar “la unción” de su independencia como árbitro electoral, valida y defiende el personalismo presidencialista como razón única de la democracia. La centralidad absoluta del soberano es una noción prerrepublicana y corresponde a las concepciones más anacrónicas del poder que Castaños rescata de una de las más viejas teocracias de la historia. La unción, como ritual de investidura, viene de la tradición teocrática judía en la que los reyes no eran coronados, sino ungidos. La unción era el acto de empapar con aceite vegetal como forma de transferir el poder, la gracia o el espíritu divino sobre una persona elegida o para la consagración de los objetos y vasijas de culto. Las monarquías francesas e inglesas la incluían en los rituales de coronación. De manera que el ungido era el elegido y el bendecido en el gobierno de Dios.

Pero, pensándolo mejor, el juicio de Castaños Guzmán es certero y cobra sentido real en la persona de Danilo Medina, quien sin necesidad de proclamarlo se ha pretendido el elegido y en esa condición modificó la Constitución para reelegirse a un precio político, institucional y económico astronómico y se ha negado a rendir cuentas sobre el financiamiento irregular de su campaña por una entidad extranjera a pesar de los reclamos populares. Esos desvaríos son apenas algunas de las indulgencias que se ha dado el presidente, esas que justificarían en cualquier democracia racional del mundo un juicio político, pero que en este país, por la naturaleza divina de la investidura, es una afrentosa maldición para quien se atreva a denunciarla. Dudo que con esa sentencia del máximo representante del poder electoral algún mortal ponga en riesgo su vida y la de sus hijos… ¡Zafa!

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